2026-09-04
«La película cumplirá su objetivo si consigue que nos cuestionemos si estamos ayudando lo suficiente a quien acude a nosotros en busca de ayuda»
Beñat Beitia, director, junto a Elio Quiroga, de ‘Winnipeg, el barco de la esperanza’, habla sobre el proceso de creación de la película, la decisión de abordar desde la animación la historia del barco que llevó a Chile a más de 2.000 refugiados republicanos y el recorrido internacional del filme, que llega al Festival de San Sebastián tras pasar por Shanghái y Annecy.
Tras su paso por Annecy, Shanghái y su estreno en salas, ‘Winnipeg, el barco de la esperanza’ formará parte de la sección Zinemira del Festival de San Sebastián. ¿Qué significa para ti presentar la película en un escenario de referencia internacional como este?
El estreno mundial en Shanghái y la sección oficial en Annecy, dos escenarios internacionales extraordinarios, nos han permitido situar la película en el mercado global. Esta nueva selección en el Zinemaldia nos reencontrará ante un público próximo a la memoria que recuperamos y con personas y entidades que han acompañado el proyecto. Al mismo tiempo, significará otro gran logro para la trayectoria de la película, como tercer festival de Clase A que nos selecciona.
Regresar al Zinemaldia siempre adquiere un significado muy especial. En la edición de 2008 pude presentar mi primer largometraje como productor, ‘Cher Ami y yo’, en su estreno mundial. Y desde entonces, aproximadamente cada cuatro años, he podido participar con cierta constancia con los nuevos títulos. Y este año, con una obra de madurez como Winnipeg, tras siete años de desarrollo y producción, supone cerrar un círculo muy emotivo con el reconocimiento a todo el equipo que ha sostenido esta larga travesía.
La película recupera un episodio histórico de enorme relevancia a través de la animación. ¿Qué te llevó a contar esta historia desde este lenguaje?
Desde el origen decidimos reconstruir esta historia mediante nuestra técnica cinematográfica, que es la animación. El cuidado en el detalle expresivo del diseño autoral y la recreación artística nos permite mantener el anclaje histórico sin perder una identidad contemporánea. Además, el objetivo no era reproducir literalmente aquella realidad, sino interpretarla y traducirla a un lenguaje visual capaz de sostener su verdad emocional.
La mirada artística de la animación nos permite aproximarnos a momentos duros sin caer en una representación explícita del horror, sin convertir el sufrimiento en espectáculo. Nos permite narrar una historia dolorosa desde la proximidad y el máximo respeto.
Y la elección de la animación como vehículo narrativo, además, es una cuestión sensorial, emocional. Como la memoria, que conecta fragmentos, atmósferas, sonidos y colores… y no funciona como una fotografía exacta. Porque recordar no consiste únicamente en reconstruir unos hechos, sino en rescatar sensaciones, y la animación nos permite que la memoria respire entre los recuerdos vividos y soñados.
El apartado visual de Winnipeg tiene una personalidad muy marcada. ¿Cómo fue el proceso de encontrar la identidad gráfica de la película y cuáles fueron los principales retos creativos durante su desarrollo?
Desde la codirección, pero especialmente desde la dirección de arte, tratamos de preservar la esencia de la obra a medida que construíamos nuestro universo visual cinematográfico.
El proceso partió de un archivo documental muy sólido, con el que durante años recopilé toda la información relacionada necesaria, sujetando de este modo el anclaje histórico de cada detalle, objeto, personaje o escenario. Visité cada localización de la película: archivos, museos de la Guerra Civil, La Retirada, los campos en Francia, la llegada a Valparaíso, navieras para la operación y acondicionamiento del Winnipeg…
Pero la narración necesita condensar, ordenar y encontrar una forma emocional que permita al espectador atravesar la historia desde el rigor y la coherencia. Coherencia entre lo que cuenta y cómo está construida. Y, a partir de esta base, desarrollamos el diseño mediante una estilización consciente, con una línea orgánica de expresividad contenida y, en la fotografía, una ligera sensación de imagen material, casi de papel o de archivo.
Junto a Miguel Francisco, responsable del diseño de personajes, buscamos una síntesis que mostrara personas concretas y no representaciones genéricas del sufrimiento. Y en la creación de los escenarios, la atmósfera y la evolución plástica del viaje, la labor de Wladimir González y el equipo chileno de Pájaro fueron fundamentales.
El color y la luz nos guían en su poder narrativo. La película comienza desde la matizada vitalidad de la opresión. A medida que visualizamos la posibilidad de alcanzar otra realidad, especialmente con la proximidad a Chile, la imagen va respirando y adquiriendo una mayor densidad cromática y una mayor luminancia, acompañando la transformación emocional de los personajes. La esperanza debía aparecer progresivamente.
El principal reto desde la dirección fue mantener esa unidad artística, narrativa y emocional en cada decisión durante una producción tan larga y distribuida en equipos de España, Chile y Argentina. Cada fotograma reúne diseño, color, animación, iluminación, efectos, composición, música, voces y montaje. Y mi responsabilidad como director artístico y codirector ha consistido precisamente en tratar de equilibrar los niveles del film para que respondieran a una misma intención, hasta conseguir un material sincero y vivo.
El proyecto ha viajado por festivales muy diferentes y ahora se presenta ante el público del Festival de San Sebastián. ¿Qué te gustaría que se llevaran consigo?
En primer lugar, nuestro objetivo fundamental es recuperar la transmisión de esta verdad histórica. Me gustaría que descubrieran esta historia de solidaridad, llena de humanidad. El Winnipeg representa uno de los grandes ejemplos de solidaridad del siglo XX. Es una historia positiva y necesaria que sentimos que debe ser contada para dialogar con nuestro presente y futuro. Porque quizá la memoria solo tiene sentido si nos ayuda a no repetir la oscuridad. Y porque, frente al miedo y la barbarie, la solidaridad continúa siendo una de las formas más hermosas y dignas de resistencia humana.
La película habla del pasado y nos recuerda que fuimos refugiados, pero dialoga directamente con nuestro presente. Las geografías y los contextos cambian, pero el miedo, el desplazamiento y la necesidad de sobrevivir continúan. Y si al terminar la película nos cuestionamos si estamos ayudando lo suficiente a quien llama a nuestra puerta buscando ayuda, Winnipeg habrá completado su sentido.
¿Cuáles son los próximos pasos para ‘Winnipeg, el barco de la esperanza’ tras su participación en el Festival de San Sebastián? ¿Continuará su recorrido por otros festivales?
Sí, la intención es que Winnipeg continúe su recorrido internacional y encuentre nuevos públicos con los que poder dialogar en otros festivales y territorios. Los productores y distribuidores siguen trabajando en ese calendario, por lo que iremos comunicando las próximas citas a medida que se confirmen.
Es una historia nacida y producida a ambos lados del Atlántico y del Pacífico, creemos que debe regresar a los lugares donde permanece viva esa memoria. Y para nosotros es especialmente importante que la película tenga un recorrido amplio en Chile, Argentina y en otros países vinculados con el exilio republicano.
También nos gustaría que desarrollara una vida en el ámbito educativo y cultural más allá de las salas y los festivales. Estoy absolutamente convencido de que será una herramienta muy valiosa para dialogar con las nuevas generaciones sobre memoria histórica, migración, solidaridad y derechos humanos.
Y, en lo personal, ¿estás ya inmerso en nuevos proyectos?
Tras desembarcar y reposar de este largo viaje en el Winnipeg, llegan las sensaciones y la motivación que te impulsa a explorar y emprender nuevos retos. Estoy valorando varias propuestas de colaboración que han ido llegando al liberarme de esta producción, para mantener el pulso de mi continuidad.
Y, al mismo tiempo, llevo un tiempo madurando un nuevo desarrollo autoral que comienza a ilusionarme, pero lo quiero cuidar al máximo, por lo que voy buscando el foco en la calma. Hay inquietudes y líneas de desarrollo que me interesan mucho para seguir explorando en la dimensión humana. Es ahí donde siento que puedo aportar mi mirada y la experiencia acumulada durante estos años.
El cine de animación está viviendo un momento de gran visibilidad internacional. ¿Cómo ves el panorama actual de la animación y qué retos crees que sigue teniendo por delante?
Estamos viviendo un momento de enorme riqueza creativa y técnica que debemos seguir canalizando y madurando.
La animación es un lenguaje cinematográfico con infinitas posibilidades expresivas. Puede aproximarse a la memoria, la identidad, el trauma, la guerra o la migración con una enorme libertad formal. Por lo tanto, la pregunta es qué aporta la animación a esa historia y qué verdad emocional permite alcanzar.
Pero esta visibilidad convive con una industria todavía frágil. Los principales retos siguen siendo la financiación, los largos tiempos de producción, la precariedad de la estabilidad de los equipos, la retención del talento, la distribución y el reconocimiento cultural.
Cada segundo de película reúne una enorme cantidad de talento cualificado y necesitamos modelos de producción sostenible, capaces de cuidar a los equipos y mantener la exigencia artística sin convertir cada película en una carrera de resistencia. El verdadero reto no es solamente alcanzar visibilidad internacional, sino transformar esa visibilidad en continuidad y construir una industria sólida, diversa y sostenible, capaz de narrar historias comprometidas que aporten respuestas a las preguntas contemporáneas que seguimos arrastrando como sociedad.

