2026-09-08
"Quería acercarme a los 'hibakushas' convencida de que son ellos quienes mejor pueden enseñarnos el valor de la paz"
La directora Maite Ibáñez presenta ‘Pedro Arrupe. Yo viví la bomba atómica’, documental que reconstruye la experiencia del jesuita vasco durante el bombardeo de Hiroshima y recupera, 80 años después, el testimonio de los supervivientes de la bomba.
Para empezar, ¿podrías contarnos de qué trata 'Pedro Arrupe, ¿yo viví la bomba atómica’ y qué historia querías acercar al público con este trabajo?
El documental parte de un hecho histórico que todos creemos conocer: el lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Sin embargo, nuestra memoria ha conservado sobre todo la imagen del hongo nuclear, mientras que las historias de quienes vivieron aquella tragedia desde el suelo han quedado mucho más silenciadas.
Entre esas historias desconocidas está la del jesuita vasco Pedro Arrupe. Aquel 6 de agosto, Arrupe era maestro de novicios en Nagatsuka, a apenas seis kilómetros del epicentro de la explosión. No solo sobrevivió al bombardeo, sino que convirtió el noviciado en un hospital improvisado y atendió personalmente a centenares de heridos, logrando salvar la vida de más de 150 personas. Aquella experiencia transformó profundamente su vida y marcó el camino que años después lo llevaría a ser elegido Superior General de la Compañía de Jesús.
Pero este documental no es únicamente una evocación del pasado ni una biografía. Es también un viaje en el presente. Ochenta años después del estallido de la bomba, de la mano de Leyre Arrieta profesora de la Universidad de Deusto, emprendemos un recorrido por el Japón que conoció Arrupe, por su tierra natal y por el Vaticano. Queremos seguir sus huellas para comprender qué significado tiene hoy su legado. En ese camino conversamos con personas que lo conocieron personalmente en Japón, con supervivientes de la bomba atómica —los hibakusha—, con víctimas que fueron atendidas por él y con descendientes de algunas de las personas cuyas vidas logró salvar. Y en Roma con expertos en su figura, el postulador general de la Compañía que dirige el proceso de beatificación y canonización de Arrupe y el padre Sosa Superior General de la Compañía de Jesús.
El documental habla de algo universal: de la capacidad del ser humano para responder con humanidad en medio del horror, de la memoria como una responsabilidad y de la necesidad de seguir mirando de frente las consecuencias de la violencia nuclear.
'Pedro Arrupe. Yo viví la bomba atómica' es un viaje físico, emocional y pedagógico que nos recuerda que Hiroshima y Nagasaki no pertenecen solo al pasado, sino que siguen interpelándonos profundamente en el presente. Pero no solo. También nos muestra una manera de entender la Iglesia —cercana a las personas, comprometida con la justicia, la paz y los más vulnerables—que hoy mantiene una sorprendente vigencia.
Para mí, además, este documental representaba una oportunidad única. ¿por qué? Porque probablemente sea la última ocasión de recoger el testimonio de quienes conocieron personalmente al padre Arrupe y, al mismo tiempo, de dar voz a los -hibakusha-. Unos y otros, son personas muy mayores, muchos rozan o superan los cien años y, sin embargo, siguen sintiendo la responsabilidad de contar lo que vivieron para que las generaciones más jóvenes no olviden.
Hay un mensaje a trasladar que me interesaba mucho. El peligro de la energía atómica con fines bélicos no ha desaparecido y mientras existan armas nucleares, Hiroshima y Nagasaki seguirán siendo una advertencia. Precisamente por eso, las voces de los “hibakushas” son tan necesarias hoy como hace ochenta años.
¿Cómo nació la idea del proyecto? ¿Qué fue lo que despertó tu interés por contar la historia de Pedro Arrupe desde esta perspectiva?
Todo nace de una lectura al iniciar en Loiola el Camino de Santiago. En el Santuario un compañero de la productora conoció la existencia del libro 'Pedro Arrupe. Yo viví la bomba atómica'. Tras leerlo se da cuenta que es un episodio de la vida del jesuita muy desconocido y que atendiendo a quien es, un vasco universal y en el contexto próximo a celebrar, el 80 aniversario del estallido de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, era una idea que era muy interesante contar.
Puso el proyecto en conocimiento de New Servicing Media Euskadi y se llegó a la conclusión de ver su viabilidad. Tras la organización de la arquitectura financiera, se ha podido contar con entusiastas colaboradores que lo han apoyado, iniciamos el tratamiento y la realización de un guion previo.
Mi interés por este proyecto nació, en primer lugar, de la elección del propio personaje. Haber estudiado en la Universidad de Deusto hizo que el nombre del padre Arrupe me resultara familiar. Sabía que había llegado a ser Superior General de la Compañía de Jesús y que fue un hombre adelantado a su tiempo, convencido de que la Iglesia debía comprometerse de manera activa con los refugiados y los más necesitados. Sin embargo, más allá de esas referencias, conocía muy poco de su vida y quería saber más.
A ese interés se sumó otro motivo que para mí era muy importante: hablar del espanto de la guerra y de la amenaza nuclear precisamente ahora, cuando se cumplía ochenta años del lanzamiento de la primera bomba atómica. Creo que este aniversario nos obligaba a mirar atrás, no solo para recordar lo que ocurrió, sino para reflexionar sobre un peligro que sigue estando presente.
Pero, por encima de todo, quise aprovechar esta oportunidad para dar voz a las víctimas. Ese ha sido siempre uno de los motores de mi trayectoria profesional en el mundo audiovisual. Quería acercarme a los “hibakushas” convencida de que son ellos quienes mejor pueden enseñarnos el valor de la paz y lo que representa el horror de un conflicto bélico.
A lo largo del proceso de investigación y realización, ¿qué retos os habéis encontrado? ¿Ha habido algún descubrimiento o momento que haya cambiado vuestra forma de entender la historia?
El principal reto de esta historia fue construir un proyecto que transcurre, principalmente, en Japón y en Roma y hacerlo desde el País Vasco. Sobre el papel todo parece posible, pero convertir esa idea en una realidad exigía un enorme trabajo de investigación, coordinación y confianza entre los integrantes del equipo. Detrás ha habido una preproducción muy intensa, con meses de trabajo, coordinándonos con nuestros contactos en Japón y contando con el apoyo de la Compañía de Jesús. Ha sido un esfuerzo de todas y todos que ha hecho posible que esta historia se cuente desde las voces de quienes mejor pueden narrarla.
El documental tenía un punto de partida muy claro: el libro 'Pedro Arrupe. Yo viví la bomba atómica' de quien toma el título. Desde el principio quisimos que ese relato fuera nuestra guía. Nuestra investigadora, Leyre Arrieta, debía viajar a Japón y a Roma con la idea de entrevistar a personas que, transcurridos los años, en algunos casos 80, pudieran contarnos historias que dialogaran con las que el propio Arrupe dejó escritas. Nada más y nada menos.
Soñábamos con entrevistar a jesuitas que compartieron con él años de trabajo, a víctimas de Hiroshima a las que atendió tras la bomba y a sus familiares que hoy sienten una profunda deuda de gratitud. Aspirábamos conocer a vecinos de Nagatsuka que convivieron con Arrupe y cuya vida cambió por su influencia. En definitiva, reconstruir la figura de Arrupe a través de quienes lo conocieron y de quienes siguen viviendo el legado que dejó. De origen nos parecía imposible y precisamente por eso tiene tanto valor haberlo conseguido.
Los buscamos porque el tratamiento de guion que planteamos se apoya en algunos de los pasajes más significativos del libro. Como se trata de relatos imposibles de ilustrar con imágenes de archivo, decidimos recrearlos mediante inteligencia artificial. Sin embargo, este recurso visual nunca fue un fin en sí mismo, sino una herramienta al servicio de un objetivo mucho más importante: poner en valor el testimonio escrito de Arrupe y comprobar cómo, ochenta años después, sus palabras siguen encontrando eco y respaldo en las voces de quienes compartieron con él aquella experiencia. Esa extraordinaria coincidencia entre el relato escrito y la memoria de sus protagonistas constituye, sin duda, uno de los mayores valores del documental. Es ahí donde cobra todo su sentido: la memoria deja de ser solo un relato escrito para convertirse en una experiencia viva.
La obra formará parte de la sección Zinemira del Festival de San Sebastián. ¿Qué significa para ti y para todo el equipo presentar la película en este contexto?
Que "Pedro Arrupe. Yo viví la bomba atómica" haya sido seleccionado en Zinemira a concurso es, ante todo, un inmenso orgullo. Saber que el documental ha sido considerado entre las producciones vascas más destacadas del año, es un reconocimiento enorme. Además, formar parte de la sección dedicada al cine vasco y poder estrenar el documental bajo el paraguas del Zinemaldi, supone el mejor escaparate que podíamos imaginar para este proyecto.
Cuando recibí la noticia sentí una mezcla de emoción, alegría y gratitud difícil de describir. Detrás de este documental hay mucho trabajo e ilusión compartida de muchas personas. Por eso la selección en ZINEMIRA no solo premia el resultado final, sino también reconoce el esfuerzo de un gran equipo.
¿Qué esperas que se lleve el público después de ver '¿Pedro Arrupe, yo viví la bomba atómica’? ¿Hay alguna reflexión o conversación que te gustaría provocar?
Lo que espero de este trabajo es, ante todo, que atrape al espectador desde el primer minuto y no lo suelte hasta el final. Que mantenga una escucha activa, atenta, para descubrir quién fue Pedro Arrupe y comprender la profundidad de su legado.
Pero, sobre todo, deseo que quien vea esta película salga conmovido por los “hibakushas”. Ese es el aspecto que más me ha marcado durante todo el proceso. Vivieron un horror imposible de imaginar: sobrevivieron a la bomba, sufrieron heridas físicas y emocionales, perdieron a sus seres queridos y tuvieron que reconstruir sus vidas en una posguerra marcada por el dolor, el rechazo y la precariedad. Y, aun así, son ellos quienes dan un paso al frente para contarlo.
Hay algo profundamente generoso en ese gesto. Podrían haber elegido el silencio. Sin embargo, siguen hablando. Siguen dando testimonio, mirando a los ojos a las nuevas generaciones para preguntarles, casi con desesperación: ¿qué nos está pasando? ¿Qué no hemos aprendido? ¿Por qué seguimos repitiendo los mismos errores?
Hay varios momentos de la película en los que algunos de ellos dicen que quieren seguir vivos porque todavía tienen una misión: continuar contando lo que sucedió. No por ellos, sino por quienes vienen detrás. Para que nadie pueda decir algún día que no lo sabía.
Si al salir del cine alguien piensa: qué horror es la guerra; qué horror son las armas nucleares; cómo es posible que no escuchemos más a quienes vivieron aquello, entonces sentiré que este trabajo ha cumplido su propósito.
Tras su estreno en San Sebastián, ¿cuáles son los próximos pasos del documental? ¿Tenéis previsto un recorrido por otros festivales o estrenos en salas?
El documental llegará después a Bilbao, la ciudad natal de Arrupe, y a Mungia, de donde era originaria su familia. Podrá verse en noviembre en el festival ZINEBI. Después tendrá su recorrido en salas comerciales y podrá ser visto tanto en ETB1 y ETB2 como en TVE. Nuestro objetivo es que pueda llegar también a Japón. Nuestra ilusión es que pueda ser visto en Hiroshima.

